Aniceto
Aquello fue una cuestión de mala suerte. A la vuelta de su paseo diario Aniceto hacía un alto en el Asilo de San Rafael. Era cosa fija. La hermana portera le había tomado cariño. , interrogaba Aniceto. Su interés no era desinteresado. Aniceto vigilaba la salud de los residentes (particularmente la de Brígido) porque le iba en ello la suya propia. Veamos por qué. La parienta, con quién Aniceto andaba a la gresca, se había marchado a Ronda, a casa de su madre. El objeto del viaje era el advenimiento de un sobrino, hijo de Jacinta, varón por mas señas, a quién cristianaron con el nombre de Andrés. Andresito pesó algo más de dos kilos y lloró mucho cuando le echaron el agua bendita. Alfonsa la parienta, es decir, la legítima de Aniceto, antes de coger el autobús para Ronda se ocupó, como buena ama de casa, de rellenar la fresquera con apaño de comida para un mes; pero por raciones dobles; porque Aniceto era muy ansioso: de cada sentada engullía ración doble. Nuestro buen amigo Aniceto, porque Aniceto es ya amigo nuestro, no tenía más que echar mano de la comida, calentarla y zampársela tan ricamente con un mendrugo de pan a la derecha y un vaso de vino a la izquierda. Encendía la tele, pero por el soniquete, porque le tranquilizaba el ronroneo. A Aniceto le importaban un bledo las noticias.