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Aniceto

Aniceto

Aquello fue una cuestión de mala suerte. A la vuelta de su paseo diario Aniceto hacía un alto en el Asilo de San Rafael. Era cosa fija. La hermana portera le había tomado cariño. , interrogaba Aniceto. Su interés no era desinteresado. Aniceto vigilaba la salud de los residentes (particularmente la de Brígido) porque le iba en ello la suya propia. Veamos por qué. La parienta, con quién Aniceto andaba a la gresca, se había marchado a Ronda, a casa de su madre. El objeto del viaje era el advenimiento de un sobrino, hijo de Jacinta, varón por mas señas, a quién cristianaron con el nombre de Andrés. Andresito pesó algo más de dos kilos y lloró mucho cuando le echaron el agua bendita. Alfonsa la parienta, es decir, la legítima de Aniceto, antes de coger el autobús para Ronda se ocupó, como buena ama de casa, de rellenar la fresquera con apaño de comida para un mes; pero por raciones dobles; porque Aniceto era muy ansioso: de cada sentada engullía ración doble. Nuestro buen amigo Aniceto, porque Aniceto es ya amigo nuestro, no tenía más que echar mano de la comida, calentarla y zampársela tan ricamente con un mendrugo de pan a la derecha y un vaso de vino a la izquierda. Encendía la tele, pero por el soniquete, porque le tranquilizaba el ronroneo. A Aniceto le importaban un bledo las noticias.

JOSÉ MARÍA RUÍZ RELAÑO

Miércoles, 11 de mayo 2016, 06:24

Aniceto era supersticioso y desconfiado, pero con exageración y administrándolo en grandes dosis. En la última trifulca que tuvo con la parienta, su Alfonsa le había echado la maldición: Era muy improbable que un rayo bajara del cielo a chamuscarlo. La Alfonsa no tenía tanto poder de convocatoria. Claro que no. Además, Aniceto no salía al campo si el tiempo andaba revuelto y, dentro del pueblo, no se paraba en las esquinas ni en sitios de peligro. No, un rayo no se lo llevaría. Pero, eso sí, la Alfonsa podía echar matarratas en el potaje de habichuelas y disimularlo con especias. A la Alfonsa (pensaba Aniceto que era de natural aprensible) no le importaría ponerse el luto y gastar la viudedad en Ronda, con su madre y con sus hermanas. Se representó la escena tan a lo vivo que un escalofrío le recorrió el cuerpo de arriba abajo. Lo dejó tiritando. . Una buena forma de conjurar el riesgo habría sido tirar la comida por la ventana. Pero esa componenda no le convencía ni mucho ni poco. Primero, porque los tiempos que corrían no eran como para espinchacar nada; y, segundo, porque la puñetera Alfonsa guisaba bien y Aniceto no estaba en disposición de privarse del placer del condumio, casi el único que le iba quedando. Así que ayunó el primer día, ni se atrevió a comer ni consintió tirar la comida.

Enredado en el dilema (desperdiciar o comer) andaba Aniceto cuándo vio pasar a la portera del Asilo de San Rafael llevando consigo a un indigente con el sano propósito de recogerlo. La visión fue providencial. Aniceto se acercó aquella misma tarde al asilo interesándose vivamente por el recién aparecido. Le dijeron que se llamaba Brígido, que carecía de fortuna y también de familia; que era afable y que hasta la presente y por las trazas (si luego no maleaba) parecía buena persona. Declaró Aniceto a la madre ecónoma que en penitencia por sus muchos pecados (Aniceto guardaba justa fama de pecador reincidente y recalcitrante) había ofrecido a la Virgen compartir su ración de alimento con aquel desamparado.

Él mismo, personalmente, traería la comida en una fiambrera de aluminio, que fue de su padre (q.e.p.d) y que su mujer guardaba en la despensa, por si llegara el caso como ahora ocurría de tener necesidad de ella. La superiora aceptó la oferta, más por la salud espiritual de Aniceto que por la física de Brígido. Aniceto tomaba la mitad (más bien menguada o escasa, que hasta en eso era rácano) de una de sus raciones, la depositaba en la fiambrera y la transportaba al Asilo para sustento de Brígido. Consumía éste su ración al siguiente día y al que hacía de dos (si Brígido conservaba la salud) daba Aniceto buena cuenta de su mitad (generosamente acrecentada) frente a la televisión con el mendrugo de pan a un lado y su vaso de vino al otro. Así se explica (y entenderá el lector) que, al regreso de su paseo diario, Aniceto se detuviera en el Asilo y echara cuentas con especial interés de la salud de Brígido, su ahijado. Si no había novedad al respecto, entonces Aniceto se regodeaba en el almuerzo con el sosiego (según probaba la salud Brígido) de que nada insalubre había en los componentes del guiso.

Aquel jueves la hermana Francisca y Aniceto charlaron largo y tendido. Insistió por enésima vez en su piadosa pregunta Aniceto, respondió la portera. La hermana Francisca no aclaró a Aniceto algo que para ella (y para cualquiera) era irrelevante, pero importantísimo para él. Brígido no almorzó ese día en el convento. Salió de madrugada con destino a Sevilla a arreglar unos papeles de urgencia. Así que, en lugar de tomarse el guiso de patatas con chorizo (que le había llevado Aniceto el día anterior), la cocinera le echó talega. Tortilla de patatas, dos filetes empanados y una manzana de postre. Almorzó en un banco del Parque de María Luis, y lo que le quedó (una cuña de tortilla y la manzana), lo consumió entrando el tren en Córdoba.

Aniceto siempre tuvo debilidad por las patatas con chorizo que hacía la parienta. Aquel día se puso morado. Gastó medio pan (de los de a kilo y medio) sopando la salsa. A eso de la media tarde empezaron los retortijones. Pálido, encogido, con la cara demudada y a pasos cortos, se acercó al Convento de San Rafael, exclamó la monja. , respondió nuestro amigo.

Echaron las campanas a rebato. Hicieron venir deprisa y corriendo al doctor Perea quién, en aquel momento, impartía una clase magistral sobre el ADN a sus alumnos de Safa. El doctor Perea Serrano diagnosticó a Aniceto un empacho por atracón común. Impuso a Aniceto un dieta severísima, que éste cumplió en el propio convento, mientras su beneficiado Brígido daba buena cuenta día tras día de las sabrosas viandas que la parienta había dejado en la nevera.

 

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