ZAGUÁN
En estos días de calor espeso donde la imaginación se envanece subida a la parra, paseo a la sombra de la vieja ciudad. Acaso persigo ... airear la mente, refrescar el ánimo, sentir ese algo inaprensible y que no queremos comprender, que es la ciudad, antes de que el calor apriete y oprima mis meninges. Entreveo que busco sensaciones, detalles, revelaciones, las certezas escondidas, palabras silenciosas que la ciudad ofrece a esas horas tempranas. En esa pequeña gran obra que es El paseo (Siruela. 2024) del escritor suizo Robert Walser, un poeta sale a pasear y ante su mirada se alternan la belleza de la vida y el absurdo de las convenciones de la sociedad, el sonido de una voz profunda, la quimera de las certezas, y el espectáculo del gran teatro del mundo. Su paseo se mueve entre el vagabundeo admirativo, el inspirar crítico y la más pura de las reflexiones. Pues en eso estoy.
En el susurro de la mañana la historia de Andújar, como una ensoñación, se desborda ante mis pasos. Por momentos la huidiza brisa se vuelve volátil escenario donde se suceden descabaladas escenas que ocurrieron o pudieron ocurrir entre estas borrascosas, heroicas y venerables calles. Como en el anterior «zaguán» hablábamos de una obra artística que recreaba la Andújar del XVII con algunas referencias al medievo, me acerco al altozano de la Marquesa para sentir de algún modo a través de esta maqueta aquella ciudad que emergía ceñida a su muralla y que ahora se recrea ante mis ojos novelescos.
De pronto se levantan ante mí la población árabe gobernada por el emir de Άbd Allāh que en el último cuarto del siglo IX mandó construir las primeras murallas de Andújar. Las revueltas en el Emirato de Córdoba se habían acrecentado y las más importantes urbes se fortificaron. Fue tomada la ciudad en 1147 por Alfonso VII, aunque de un modo efímero, pues pronto volverá al poder almohade. A consecuencia del terremoto de 1170 que afectó a gran parte de Al-Alándalus la muralla quedó maltrecha y obsoleta y se sustituyó por parte de los almohades por otra de mayor envergadura, en extensión y elementos defensivos, protegiendo el núcleo urbano y reforzando el control sobre el paso por la principales vías hacia el valle del Guadalquivir a través del puente sobre el río.
Construida principalmente mediante la técnica de tapial (mezcla compactada de tierra, cal, arena y agua), tenía un perímetro de 1.740 metros, contaba con 48 torreones, cuatro torres ochavadas, y, posiblemente, seis puertas: Sol, Santa Clara, Alcázar, Córdoba, Arco Grande y Peso la Harina. Así mismo contaba con una torre albarrana, un antemuro, terraplén y foso. También en esta estructuración era importante el alcázar y hacia su huella me dirijo, en el altozano Deán Pérez de Vargas, en este compendioso paseo, que no deja de ser una metáfora odiseica. Su solar y vestigios arqueológicos se encuentran muy próximos a importantes referentes históricos como el puente romano, lienzos de muralla, torreones como el de la Fuente Sorda, el propio conjunto histórico de la ciudad. Y desde ese arrobador miradero de su emplazamiento se me revelan, pixelados, muchos momentos de la historia de la ciudad. Y me llama con sus ondas el río, tan presente a lo largo de los siglos en la vida de Andújar. El ingeniero hidráulico inglés Paul Gwynne, que recorrió el gran río andaluz a comienzos del siglo XX, escribió El Guadalquivir, publicado en 1912 y vertido a nuestro idioma en 2006 por Renacimiento y el Centro de Estudios Andaluces. Este autor señala que un río determina el destino de un pueblo con más fuerza que ningún otro tipo de accidente sobre la superficie de la tierra, y definía al Guadalquivir como un río madre que ha engendrado y amamantado a un pueblo, nodriza de una historia, de una lengua y de un arte.
Era Andújar un señero emplazamiento en aquella época. Después, con la presión cristiana lo fue mucho más; y así durante varios siglos, siendo un lugar populoso, adelantado, vigoroso y próspero en muchos aspectos.
Han sido muchos los avatares, los grandes acontecimientos, de los que la ciudad y su muralla han sido protagonistas. No olvidemos, además, que Andújar ha estado circundada y atravesada por muchos muros, algunos reconocibles, otros invisibles, que especialmente la han zaherido en su deseo de plenitud y progreso. Y ahora, sigo sintiendo que la ciudad está rodeada por una alta muralla (su argamasa de estrecha altivez es invisible y espesa) de pusilanimidad y devaneos que ensombrecen su vocación y sus perspectivas. Pero la mañana es azul y Andújar es Ítaca, metáfora perfecta del propósito de la vida, de eso que nunca dejaremos de perseguir.
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