Menosprecio al patrimonio
No somos muy dados a apreciar nuestro patrimonio cultural. Muy al contrario, en infinidad de circunstancias, unos lo miran de lado y otros se aprovechan de él en detrimento del bien común. Muchas veces nos llevamos las manos a la cabeza cuando, y todos lo tenemos en mente, se cometen atentados, muy mediáticos, desde el fanatismo y la ignorancia, contra grandes emblemas del patrimonio cultural de la humanidad.
ALFREDO YBARRA
Miércoles, 11 de mayo 2016, 08:40
Pero sin embargo, junto a nosotros, constantemente se siguen transgrediendo muchos valores culturales, materiales, pero también inmateriales, y, nosotros mismos, activamente o como cómplices, participamos ... en ello. Recuerdo iglesias destejadas para que se hundieran en un tiempo y se construyera algo "nuevo", fachadas históricas que se desmontaban con la promesa de volverlas a colocar en la nueva construcción, lo que nunca ocurrió; calles de una vieja judería que se destrozaban para levantar una moderna avenida. Y tanto, y tanto.
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Y los adoquines de siempre de aquella calle que se cambiaron por un horrible asfaltado, los canes de ese edificio que volaron de allí para adornar el salón de la casa de campo de algún mandamás de turno; aquellas piezas culturales o artesanales (ya únicas), que se fueron consiguiendo para esa Casa de Cultura y por arte de birlibirloque, de pronto ya no estaban.
Recuerdo, y no hace tanto tiempo, a conocidos que prácticamente no ocultaban su dominguera actividad expoliadora de restos arqueológicos y que les daba pingües beneficios; alguna que otra institución que rallaba la línea roja aceptaba objetos a algunos de estos expoliadores; incluso hasta se le publicaban libros. Pero ha sido igual con documentos históricos, piezas de arte, artesanía, fachadas, frisos, retablos... Así nos va, así vamos resbalando entre la legislación, que la hay y muchas veces se ha respetado, y unos valores, unos principios, una sensibilidad y una introspección que deberían estar presentes cotidianamente en nuestras vidas. Pero para eso deberíamos tener una intención social, cultural y educativa muy diferente de la que arrostramos ahora.
A lo largo del tiempo, y siempre por intereses espurios, frente a las legislaciones que se fueron anteponiendo, hemos atentado contra nuestro patrimonio, a veces maquillándolo por la necesidad de progreso. Y no hablo sólo de unas columnas que desaparecen, de un palacio del XVII que se deja caer para construir el no va más arquitectónico. Hablo también de documentos, de elementos etnográficos, usos, representaciones, expresiones, conocimientos, técnicas, instrumentos, objetos, artefactos y espacios, que son parte de nuestro devenir. Y no digo esto para quedarnos anclados, sino avanzando, pero llevando una mochila identitaria, que nos reconoce, que nos inquiere como seres humanos.
Aquellos juegos y retahílas, las costumbres de nuestros abuelos, esas canciones y bailes que amenizaron tantas veladas de tiempos pretéritos, las herramientas de viejos oficios....¿No deberían ser algo más que un universo en sepia de museos alcanforados? Al menos como motivadores de una exégesis de nuestra vida. En nuestros pagos siempre, de algún modo, hemos sido muy condescendientes con tanta picaresca y hamponería. Hemos menospreciado el patrimonio. Y todo ello no nos preocupa en la consideración que se debería de tener, para garantizar nuestro verdadero progreso integral, especialmente anímico.
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