El mal menor
Algún tiempo después de haberse lanzado las dos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, en 1945, le preguntaron a Truman, presidente de Estados Unidos por entonces, qué podía justificar semejante destrucción humana (se calcula que murieron más de 200.000 personas, entre las fallecidas de inmediato y las secuelas).
Manuel Galvez
Miércoles, 11 de mayo 2016, 07:11
Este hombre, pequeño y sencillo, más parecido a un oficinista que a un político, y que había tomado el timón del gobierno tras la muerte ... de Roosevelt en plena guerra, tuvo que afrontar una de las decisiones más difíciles y duras de toda la Historia de la Humanidad: dar luz verde a dicho bombardeo, que sin su autorización tal vez no se hubiera efectuado.
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Con estas palabras, o parecidas, respondió: "He tenido que elegir entre dos males, y creo que elegí el menor". Naturalmente se refería a terminar rápido la guerra, sin tener que invadir el suelo nacional del Japón, lo que conllevaría un terrible derramamiento de sangre por ambos lados. Y es que el Alto Mando americano preveía medio millón de bajas, entre muertos y heridos graves, sólo por parte de los marines americanos, habida cuenta del terrible coste de vidas pagado al apoderarse de las islas del Pacífico, y sobre todo de Ivo Jima y Okinawa, que los japoneses tenían por suelo patrio.
Dentro de algunos días estamos llamados a las urnas. Se nos presenta un abanico de partidos políticos, aspirantes al gobierno nacional, con todos sus líderes sonrientes, bien vestidos (excepto algún que otro descamisado), que tienen las soluciones "fetén" para todos los males de España en los próximos cuatro años... si se hacen con el poder, claro. De lo contrario, será un caer más y más en la cuesta abajo del desempleo, de la corrupción, de la pobreza, de... etcétera, según dicen ahora, y dirán luego los que no gobiernen.
Hace pocos días he recibido un correo por Internet. En él se detalla lo que afirma que hará cada una de esas múltiples opciones ante diversos temas nacionales de interés general. A mi me interesa especialmente, como católico que soy (aunque no de los mejores), el tema del aborto. ¿A qué partido votaré? Ninguno de ellos está por ilegalizarlo, excepto uno, modesto, sólo con tres letras en su enunciado, que es la voz que clama en un desierto político, como Juan el Bautista.
Mi corazón está con ellos, pues dicen que quitarán el aborto si gobiernan. Y yo lo creo. Pero, ¿tienen posibilidades de gobernar? ¿No será mi voto a tal partido guiado por el corazón y no con la cabeza? Ahí está el dilema.
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Entonces, ¿qué otra opción me queda? Pues, sencillamente, dar mi voto al partido político que, por su currículum, parece tener más probabilidades de ganar estas elecciones, tan cruciales para el buen futuro de España, sea inmediato o a más largo plazo. Pero sucede que hubo un tiempo, cuatro años atrás, cuando esta opción política hizo muchas promesas (entre ellas, suprimir el aborto) si ganaba. Y ganó, pero no cumplió. Por lo tanto, pienso también que no es merecedor de mucha confianza.
Y así estoy: votar a éste es elegir el mal menor, como Truman. Pero si alguno me argumentase que no es comparable, ni viene a cuento, el ejemplo de las bombas atómicas y sus 200.000 víctimas con este asunto del aborto, le diré que en España han muerto, en los casi 40 años de democracia, y por causa del aborto, más de 200.000 niños y niñas, también matados legalmente, y que podrían ser hoy hombres y mujeres de entre 0 y 40 años, llenando con su vitalidad las fábricas, los talleres y los comercios, los parvularios, las escuelas, los institutos y las universidades, estudiando o trabajando para mayor progreso, prestigio y engrandecimiento de nuestra patria, España.
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