Noviembre de ánimas
Celebramos la fiesta de todos los Santos y la de Difuntos, ya, sí, muy fagocitadas por los esnobismos comerciales alrededor de Halloween, que nació en tierras celtas y que se ha llenado de fanfarria y fosforescencia de hamburguesería estadounidense.
ALFREDO YBARRA
Miércoles, 11 de mayo 2016, 08:45
Como casi en todo, en esta aldea global, donde las expectativas están prácticamente marcadas, sucumbimos. Pero aún nos quedan en estos días algunas tradiciones propias, ... como la de visitar a nuestros difuntos, decorar las lápidas con flores, o salir en grupo al campo, mezclando, como solo sabemos hacer en nuestra tierra, el sentimiento de añoranza y el regocijo de evocación campestre.
Y de entre las bambalinas, también en estas fechas Don Juan Tenorio saca aún pecho y espada. Son en sus orígenes, fiestas otoñales que nos anuncian la inminente proximidad del invierno. La tierra, símbolo femenino, aparece árida (muerta) en esta época del año, pero después de recibir la semilla, símbolo masculino, esta tierra se vuelve esperanza (vida).
También aún nos queda, sobrevive a duras penas, esa gastronomía propia de estos días. Una cocina tradicional, rica, y que aglutina influencias de diferentes culturas, a la par llana, imaginativa, mediterránea, que se nutre de lleno en los productos del momento que el lugar naturalmente ofrece, y con una repostería donde lo árabe se hace muy potente.
Huele a matalaúva y a castañas asadas. Buenos son estos días para las migas, gachas, huesos de santo, buñuelos, los níscalos, la leche frita, el arrope, el arroz con castañas, los pestiños, y las batatas. Y en alguna casa todavía se pone sobre la mesa una copita de anís o de mistela. Antiguamente, especialmente las mujeres se encerraban a rezar, y encendían aquellas palomillas o mariposas confeccionadas con una pequeña bolita de algodón a la que se le había sacado una punta que servía de pabilo. Un plato con aceite empapaba las improvisadas luces que, encendidas aquí y allá, daban a las estancias un ambiente misterioso, y, para los niños, fantasmal.
Y es que las ánimas tenían la venia para visitar a los familiares aún vivos. Y ese día campero del día de los Santos, al principio fue especialmente masculino, porque las mujeres tenían entonces la "obligación" de rezar, preparar y llevar flores al cementerio, y disponer la cocina y la casa para la ocasión. Después, se hizo ya mixto, y los jóvenes, de regreso a casa con las sobras de las gachas embadurnaban las cerraduras a su paso, para impedir que pasaran los malos espíritus, o por pura chanza. Entonces, en el municipio tañían las campanas a difuntos para ahuyentar a las ánimas, y los monaguillos y sacristanes se espoleaban en una competición entre campanarios.
En las casas, al atardecer, a la luz de la lumbre, los mayores, con rico dramatismo expresivo contaban historias y leyendas, especialmente de aparecidos. Cómo se ha perdido aquella narrativa oral, que tan importante es para el acervo cultural y el imaginario personal y colectivo. Y hoy, recordemos a aquellos que se nos marcharon, los privados y los públicos, y especialmente a esos "santos" ecuménicos, con la mayoría de ellos sin reconocimiento alguno en los olimpos localistas, pero cuyo néctar sirvió para que sobreviva esa preclara savia de lo nuestro.
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