Siempre es el momento
La vida nos devuelve al ritmo de lo cotidiano. Comienza un nuevo curso tras las vacaciones y nos enfrentamos a ese nuevo cuaderno por escribir, con muchas incertidumbres. Muchas personas ante ese tiempo que comienza piensan que las grandes esperanzas son una quimera, que ya no nos quedan ímpetus, o tiempo, o qué sé yo, para realizar esos sueños que hemos ido forjando y creyendo que iba a llegar el momento de quitarnos de encima esos pesos que nos atenazan, de tantas maneras, y así hacer realidad tantos deseos.
ALFREDO YBARRA
Miércoles, 11 de mayo 2016, 09:02
Hasta ese refrán que tanto habremos proferido subraya la importancia de lograr la dicha, porque nunca es tarde. Ya lo dijo Antonio Machado: "hoy es ... siempre todavía". Pero nos encastillamos y creemos que bastante tenemos con resistir, que eso ya es sobrevivir. ¿Y vivir? No es lo mismo resistir para sobrevivir que resistir para transformarnos y así sentir el mundo más lúcido y amable.
Nunca es tarde para escuchar y escucharnos, para contemplar en vez de ver, para sentir desde la emoción. Nunca es tarde para no dejar pasar de largo esas cosas que parecen pequeñas y que si nos damos cuenta son los resortes para alcanzar la armonía. Nunca es tarde para amar, amar de un modo trascendente. Nunca es tarde para asombrarse cada día. No es tarde para salir de la trinchera. No puede ser tarde en ningún momento para tener otras actitudes ante los demás y ayudar a mayores avenencias en nuestro ámbito. Nunca es tarde para tener voz. Nunca es tarde para aprender. Nunca puede ser tarde para creer que el mundo puede cambiar a mejor. Siempre es hora de la esperanza de creer que lo que ambicionamos desde hace tanto tiempo es posible. La vida es demasiado corta para afligirnos con cosas que podemos percibir como una encrucijada, una oportunidad para elegir; eso ya es un crisol de alegría.
Siempre hablamos de cómo mejorar las cosas, nuestra empresa, nuestra ciudad,... de cómo hacer que todo funcione mejor. Pero la realidad es que nadie pone el foco en lo que uno mismo debería hacer. Proponernos un nuevo paradigma ahora que comienza un curso, que abrimos un cuaderno nuevo que espera nuestro aliento, hecho un nuevo lenguaje, debería ser un buen objetivo para reconvertir nuestros proyectos.
El entusiasmo no va a venir por arte de birlibirloque, ni es un estado de ánimo. El entusiasmo emana desde lo más profundo de nuestro ser y explota hacia el exterior, llenando todo lo que pasa a su lado con una fuerza impresionante. Si nos decidimos a practicarlo, el entusiasmo puede convertirse en una forma de vida, una manera de ver las cosas y de afrontar las situaciones con convicción. Se trata de relativizar los arreones de la vida, y ser un tanto escépticos con las sombras. Si le echamos contemplación a la existencia desgranaremos los escalones que nos depara.
Como dijo alguien: "La vida es un diez por ciento lo que ocurre y un noventa por ciento el cómo respondas a ello". Las emociones están en la base de los deseos y de la inteligencia se dice que es emocional. Visto de este modo, el deseo se convierte en el portavoz de uno mismo, lo que debiera ser imprescindible para regenerar nuestra vida.
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