Ejemplaridad dando la vida
La ciudad, en medio de su tedio estival, donde a fuerza de desmotivación la gente se encierra, divaga o fantasea, según los casos, en sus tiovivos particulares a la espera de la vuelta a la normalidad del calendario y a las dictadas obligaciones en otro carrusel, a veces montaña rusa, sin fin. Sólo animan algo la cazuela en estos días, esos que durante todo el año ronronean con su peculiar jactancia, y ahora tienen que hacer su agosto.
ALFREDO YBARRA
Miércoles, 11 de mayo 2016, 06:47
Personajes que se pavonean de un rango y en su liviana vanidad se arrogan la potestad de la intimidación. Se creen señores incontestables de las ... atalayas iliturgitanas. Es la Andújar de siempre con sus corifeos de turno. La ciudad es muy dada a tener estos sarpullidos. Y aunque sabe sobrellevarlos, no ha aprendido a realizar una cirugía concluyente y poner a estos engañabobos definitivamente donde les corresponde. Y es una pena, porque, de un modo u otro en las parcelas que les conciernen y en lo que intentan abarcar, sólo dejan abrojos y cuesta así, siempre con la misma copla, tener terreno fértil para sobresalir en las susodichas parcelas.
Y mientras, Andújar, como cualquier lugar tiene gente estupenda y maravillosa con los que poder contar para levantar pilares de progreso. Incluso en la ciudad hay personajes anónimos, desconocidos para el general de la población que su entorno más próximo sí que sabe bien de ellos, y seguramente en algún momento ha tenido constancia de su civismo y bonhomía.
Eso es lo que debiéramos resaltar y reconocer en la ciudad. Cómo me gustaría sentir una Andújar más cívica y más armoniosa. Simplemente porque entre todos nos contagiáramos no de fariseos, sino de esas buenas personas que nos rodean y por ser eso: buenas personas, son humildes y sencillos. A ellos es a los que debiéramos poner en el centro del ágora iliturgitana. Ellos deberían ser los primeros con los que contar en determinadas cosas de la ciudad.
Porque hay muchas personas válidas, cualificadas, que por humildad no vociferan lo que valen, y sin embargo debieran ser imprescindibles en ciertas estructuras ciudadanas. Además que este tipo de personas, por lo general, son desprendidas. Ya está bien de esos que revolotean engreídos vendiendo los magníficos que son, y, lo primero que ponen por delante son sus intereses personales.
Y hoy, precisamente como máximo exponente de esos iliturgitanos de bien, no puedo, sino rotular, con emoción y admiración perpetua, el gesto de José Luís Calzado en la playa almeriense de Mónsul. Por salvar a unos niños dejó en el mar su vida. Cuando ahora me cuentan sobre cómo era, constatamos su bondad y candor, su ejemplaridad ciudadana que desplegaba a todas horas. Me acaban de contar unos detalles simplemente de andujanía que calladamente destilaba, que son modelo de convivencia. Para mí José Luis Calzado es el epígono de iliturgitano ilustre, al que le debemos honores públicos. Y todos deberíamos sentirnos imbuidos de su espíritu.
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