Y Diós está en la calle

Este tiempo primaveral y de reavivamiento del universo espacial y natural que nos envuelve, tiene sus estancias también para que el hombre se intente averiguar; para que de algún modo nos pongamos ante el espejo anímico y contorsionemos la conciencia en el diván del psicoanálisis substancial y espectral. Seamos o no religiosos, llega la cacofonía, el mantra, en un retorno de las sempiternas preguntas que en medio del irreflexivo aturdimiento del vaivén cotidiano nos hacemos. Hay que detenerse en algún momento y palparnos; necesitamos visualizar nuestros miedos y nuestros anhelos, nuestros valores y nuestros desafíos, y la jerarquía de certezas que hemos ido conformando.

ALFREDO YBARRA

Miércoles, 11 de mayo 2016, 09:17

 

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En tiempos como los de estos días de azahar e incienso acariciar la melancolía es un ejercicio que venimos haciendo para inmediatamente auparnos a coger el aire fresco que modelamos para restañar las brechas. A Dios hay que buscarlo a la luz de los convencimientos, pero también su propia sombra nos dice mucho de sus encarnamientos, que olvidamos tanto. Hay muchas semanas santas en la Semana Santa que escribimos con un mismo epígrafe. Son muchas las tintas con las que se escribe esta semana que llamamos pasional. Todos, prácticamente, la vivimos. Eso sí, desde diferentes perspectivas y apreciaciones.

Unos vistiendo santos, en el sentido literal; otros cubriéndose con la túnica de su cofradía; unos aislándose del bullicio, otros engalanados del mimetismo festero, para aplaudir una "levantá", soltar una lágrima verdaderamente emocionado en el contraluz de una esquina, al paso de esa imagen dolorosa en la que ponemos mucho fervor, y, para dejarse llevar de la ola, apretados en el bar de moda, por las calles de la moda. La experiencia religiosa ya es otra cosa y hay quienes intentan hacerla pálpito vivísimo en estos días.

Porque la Semana Santa expresa igualmente la palmaria apología de lo que es el Amor con mayúsculas. En medio de tanta manifestación callejera, en medio de tantos pabilos encendidos, de las saetas y mantillas, de la plata bruñida de los pasos, de los estrenos cofrades, estamos perdidos si no sabemos vislumbrar la turbación que provoca un paisaje interior que se abre en estos días, para quien se esfuerza en buscar el brocal de la armonía que trae esta inflexión de la primavera, de la vida que reverdece. Se trata de trasladarnos de la vida a lo sagrado y volver de nuevo desde el alma a la vida, en un movimiento de vértigo, pero auténticamente glorificante.

Las imágenes procesionales son una metáfora de que Dios está a cada paso de la vida cotidiana. Como dice Juan Antonio Estrada, las imágenes van a donde vive la gente, donde se dan los acontecimientos, donde se realiza la historia de cada uno.. Se sale de lo religioso acotado, para encontrarse con lo humano, con la vida de la calle, y encontrar en ella lo divino. Especialmente donde hay pobreza, necesidad, injusticia. La catequesis callejera nos recuerda que Dios está con los crucificados de este mundo. Se revela lo más sagrado de la vida en los símbolos que estos días tenemos delante.

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