Suprema sencillez

Las noticias que se generan en la ciudad, en unos términos objetivos y a grandes rasgos no vienen a significar especiales rasgos que sean un auténtico alamar de una andujanía renovada. Sin embargo les damos magnificencia y mucho altavoz, cuando en tantísimas ocasiones hay demasiada quincalla, joyas de proyección, pocas. Por eso me quedo con las pequeñas noticias, al margen de que hay excepciones, que, confirmando la regla, me dejan siempre incólume la esperanza de que algún día la ciudad despertará a un porvenir de prestancia y altura de miras.

Suprema sencillez

ALFREDO YBARRA

Esas pequeñas noticias, o noticias que no son una rabiosa actualidad, sino cantares de la historia o de la vida local, encierran mayor interés y atención que los grandes titulares, casi siempre de una política que no renueva su perspectiva. Por una razón bien sencilla, porque nos tocan el alma, porque nos colocan en trance de emoción, y acaso también, porque nos afectan más, tienen mayor repercusión en nuestros sentires. Por ejemplo, paseando por la calle Doce de Agosto, que ahora dicen que van a remozar, rememoro la vieja judería y el callejero medieval que esta avenida sesgó de cuajo en aquel tramposo desarrollismo de los sesenta y setenta del siglo pasado.

He querido recordar aquella carbonería, aquella tienda de Andujita que a los niños nos tenía locos con sus artículos de broma. He sentido aquellas calles estrechas con olor a guiso antiguo, a patios con limoneros, pozos, jazmines y damas de noche. Al pasar se oía el día a día de la vecindad, la copla de aquella mujer que fregaba la almagra del zaguán, el murmullo de los novios junto a la cerbiguera, el eco de una anciana rezando el rosario a la luz de una palomilla de aceite. Hace poco alguien me decía que en los afanes, por ejemplo, de aquellas mujeres (hoy la estructura del caserío casi lo imposibilita) que tal vez innecesariamente todos los días salían a su puerta a barrerla y fregarla, se encuentra el secreto de la dignidad humana. Y es noticia, que pese a todo mucha gente sigue sonriendo a la vida, como esos tercos luchadores, los hombres del campo, con esa naturalidad con la que te reciben, te cuentan (¡qué cátedra! la del surco de la tierra) y te brindan lo que tienen, sin necesidad de falsos lujos, hipocresías y planteamientos complejos.

La forma innata de apegarse a la tierra como si de ella hubieran nacido y ese modo desprendido de ayudar a los demás, que estoy percibiendo, ahora más que nunca, es algo que nos hace aprender siempre. Noticias sencillas, como es encontrar una higuera junto al camino arrasado por el sol del medio día, y bajo sus hojas escuchar el rumor de una vida que con mil destellos. Y por ejemplo, en el abrazo del Jándula y el Guadalquivir, en la Ropera, sentarse a leer a Juan Ramón ( que en estos días se homenajea a nivel andaluz), es interpretar la más suprema de las armonías.

 

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