La realidad de la irrealidad

¿Y como son los diablos?. Son feos ?le dije-, pequeños, con patas de cabra, orejas de murciélago, verdes, con ojos aviesos, nunca miran de frente, escuálidos, apestan a mugre y descomposición, de barriga hinchada y nariz hundida, babean al hablar, gruñen entre dientes y respiran trabajosamente. ¿Cómo cuanto de pequeños son? De ochenta centímetros a un metro veinte. ¿Y tú por que lo sabes?, insistió. Porque -le dije- estuvieron en casa. Y se lo conté.

La realidad de la irrealidad

JOSÉ MARÍA RUÍZ RELAÑO

Era verano. En el silencio de la noche nos despertó el ruido de la puerta de la calle cerrándose de golpe. ¿Fue un solo golpe? ¿Fueron dos? Se llamó a la Policía. Examinaron la casa. Todo estaba en orden. Entonces surgieron otras hipótesis. Se pensó que los ruidos procedían de fuera. O que pudo entrar alguien, dudar o asustarse a última hora, y huir precipitadamente. O tal vez había sido una fantasía. ¿Colectiva?. Empezaron a ocurrir cosas extrañas. Las tijeras de costura aparecieron en el jardín, sobre la segadora del césped. No había harina en la cocina, y apareció en el armario, junto a la ropa de invierno. Lo achacábamos al descuido o al despiste de cualquiera de nosotros.

Vamos siendo mayores ?nos dijimos-; y esas cosas pasan. Se va el santo al cielo; duele, pero es así. No dije nada. Nunca dije nada. No he dicho nada hasta ahora. Por la santa de Ávila sabía yo que ellos ?los diablos- hacen notar su presencia; pero casi nunca se aparecen, porque no hay en ellos sustancia física, y lo que vemos son figuraciones. ¿Figuraciones de mentes frágiles, enfermas, debilitadas por la locura? ¿fantasías de auténticos locos? No, no. La realidad de la irrealidad (de lo que parece irrealidad) existe. Mira hijo ?le dije- yo los vi como te veo a tí. Uno se escondía en el hueco de la escalera. Otro en el macetón de la entrada. El hedor era insoportable. Ninguno me sostuvo la mirada. Los ojos se les escapan hacia los lados, no pueden detenerlos. Les eché unas gotas de agua bendita, como recomienda la santa, y desaparecieron para siempre, chillando.

¿Me crees, hijo? Claro ?respondió muy serio-; y se fue a jugar con sus amigos.

 

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