Nocturno en la ciudad

Cuando la noche llega, la ciudad se vuelve mágica, sobre todo para la mirada que no se conforma, y, que, como los ojos infantiles, necesita ilusión y sueños. Sus monumentos se transforman, sus fachadas cuentan historias, el cielo es un marco en movimiento que deja reflejos de un universo quimérico. En esas horas nocturnas, la botella, que si medio llena, que si medio vacía, provoca un buen sorbo onírico. Parece que son momentos más para uno y sus revelaciones. No importan la rutina, las obligaciones, la necesidad, y uno si escribe estas líneas no repara en logros de conquista, o en que estas palabras lleguen a más o menos gente. Siente que van a llegar a quienes tienen que llegar, ni más, ni menos, a esas personas que quieren que la palabra sea ese trazo, que une el mundo, o, lo disecciona para observar mejor la anatomía de sus pormenores y de sus instantes.

Nocturno en la ciudad

ALFREDO YBARRA

No es más, sino un encuentro en la desnudez de esta metafórica noche hecha negro sobre blanco. Porque el alabastro de la noche atraviesa la luz del día y se levanta como un océano de palabras que encierra tal vez la filosofía de la armonía. Las calles y plazas se vuelven angostas, o infinitas, según, y sólo cabe lo esencial o el todo. A estas horas nocturnas la ciudad oculta sus tópicos. Y aunque éstos nos resulten apropiados y ciertos, la vida y el alma de la urbe guardan mucho más, y, en las ocasiones anímicas apropiadas, es necesario encontrarse con ello, macerarlo desde el alma como si en un torno alfarero se estuviera, y levantar un jarro, un botijo, un tarro, para las flores, el agua o el alimento, de nuestro más íntimo aliento.

Sí, y si hablo tanto de la ciudad, mi pueblo, es porque es un indeleble referente de mi vida, no como algo inerme, por muy bonitos perfiles o patrimonio que encierre, sino por sus pálpitos, por su íntimo hálito, por los sentidos vivos que despliega, por esa amalgama de vidas que desde ella han desenvuelto, o extienden, o desarrollarán su existencia en el universo de la convivencia. Sí, un firmamento que puedo palpar casi, sentir, distinguir; con el que puedo dialogar de tu a tu. Y aunque en mucho este lugar que uno idealiza tanto está herido por históricos abusos y egoísmos, por despropósitos imperdonables, por sinrazones humanas e históricas, por un sinfín de desdenes, que la tienen anquilosada, amordazada y anestesiada, todavía levanta su mirada y en la noche abre los confines de sus entrañas, y su voz de esperanza puede escucharse entre las piedras y cornisas. Uno, entonces se vuelve peregrino del pueblo, pretendiendo encontrar el grial de su savia más pura. Busco esos lugares, que no son sitios, que no son calles, casas, jardines o plazas; que tampoco son en sí fisonomías humanamente palpables, sino fulgor de evidencias.

Busco ese territorio de poesía, de tránsito, sus espacios vírgenes situados en un tiempo sin límites reales; la ciudad que cuenta y la ciudad contada, la que siempre te invita al paseo pensado, la que te ofrece su regazo recóndito y luminoso y sus veneros de armónico fluir. Busco la magia de la ciudad, la que te lanza a la aventura, a una experiencia proverbial. Es ese mundo urbano que tiene misticismo y un pulso erótico, y donde la realidad de la noche se abre a la impar ficción. La ciudad que en su subsuelo y en su cielo para el reloj y te besa y se vuelve zalamera y abre su piel para que te le bebas y te embriagues entre el laberinto de sus pámpanos, mientras el tiempo por instantes se vuelve círculo perfecto en los balcones abiertos. Busco la ciudad que me prometa una mañana de sol en la cara mientras una ráfaga de inquietud me encienda el alma y me ponga en marcha a la mesa del taller de la existencia, en el camino de los anhelos del corazón. Busco la ciudad que en su fragua forje de los desalientos una puerta a la convicción. Bajo la cúpula nocturna, mil flecos tiene la ciudad en sus fuentes infinitas, que hacen vibrar la palabra, y hacen que mi garganta sea néctar de faquir y mi silencio campana embravecida.

En esta noche donde la palabra es el eco de la bruma nocturna se me han detenido los instantes. Las cosas minúsculas, la mirada sin frontera, los hondos arriates de simas insondables que orillan esas calles que un día fueron senderos, y este calor confuso de la noche agosteña, se han hecho perfume de dama de noche o de jazmín; poesía en definitiva, que conforma los guijarros, las torres y las cercanas lomas de esta ciudad que me abraza, para que te abrace.

 

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