Agosto de extrañezas

Se va marchando agosto, más renqueante que nunca, singularmente prófugo de su propio destino de calendario. Este año, en especial, no ha sido ese mes que debe ser en el orden global y alegórico del almanaque. No nos ha hecho naufragar en nuestras veladuras íntimas de la imaginación, ni ha hecho mecer los sueños en nuestros párpados traslúcidos. Siendo normalmente un mes a lo horizontal y para pies descalzos, este año se ha percibido en verticalidad y nos ha dejado los zapatos puestos.

Agosto de extrañezas

ALFREDO YBARRA

Agosto este año no nos ha aminorado la percepción del mundo, ni nos ha atenuado las texturas de la realidad, ni nos ha acunado en el ámbito de la ausencia. Muy al contrario, nos ha atrapado en una martilleante vigilia, que nos ha atronado los sentidos, y, nos ha restregado la piel erizada, herida, sangrante, casi marchita, de la realidad, mientras, aunque extenuante de calor, nos ha mantenido ateridos en la mirada de su reflejo roto.

Agosto no está siendo lo que era: esa balsa a la deriva que te lleva a un horizonte de sueños, una cometa cargada de ilusiones, una canción frente a la rutina, un huerto donde crece la irreverencia y el informalismo. Nos ha aturullado con sus tormentas semánticas y con los seísmos de los escenarios y la mampostería del sistema. No, no se nos perdía la doctrina en este agosto al que le queda ya nada para ser olvido. Porque el rumbo desnortado de la nave de todos ha sido una fuerza centrífuga que nos tiene metidos en una hosquedad sin colores, sin brisas, sin aromas, sin contrastes y sin vibraciones del alma.

La trepidación a la que ha sucumbido agosto estaba repleta de cuchillas de iniquidad. Sus flases nos han rociado de una pátina sepia con campesinos de tinte pretérito echados al monte a lo Diego Corrientes con camisetas del Che; crímenes como aquellos del Caso, con mucha novelería adherida a una trágica maldad que supera toda imaginación literaria; con un inocente pincel que desvela nuestra vacuidad instructiva y nuestras veleidades y friquismo en la contemplación de las cosas.

Este agosto ha vuelto con la película Manolete a esa España en blanco y negro, que se edifica con mitos alzados a golpes de puñaladas, que prefiere la hipocresía y la mentira antes que la razón y la verdad. Vuelve Islero a la plaza de Linares a teñir de sangre nuestro albero costumbrista y nuestro patio de Ponipodio, la España del vociferío, la de las dos patrias, la que nunca mira al común lugar de encuentro.

La España pirómana que luego se pone en retén de incendios con una sonrisa sesgada. La España de Sálvame con su marujeo repachingado a la puerta de la calle. La España de la tartera y la sangría para tirar al borde de la playa o de la piscina. La que ha vuelto alrededor de la tele en las horas noctámbulas que es como mejor se ahorran euros y neuronas. La España donde la política pierde en la mesa del dinero. Ese país que se resigna, por desgracia, a volver a repetir la película de Vente a Alemania, Pepe. Así se nos va agosto. Extraño, cansado de no ser él mismo. Nos espera un nuevo calendario. Seguro que en sus hojas nos aguardan cornisas a las que sujetarnos y por las que, tal vez, poder encaramarnos a lo alto.

 

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