De par en par
En la infancia, y también en la juventud, los veranos son mucho más largos. En la memoria, este tiempo se expandía en un horizonte repleto de alternativas, en un espacio abierto que se volvía luz y fuegos de artificio con la feria iliturgitana y temblaba una vez pasada ésta, con la vuelta de nuevo a clase. Ahora, el verano, para los que nunca tenemos la disyuntiva de aburrirnos (aunque a veces uno desea un cierto estado de aburrimiento, para normalizar los momentos anímicos revueltos) se pasa volando.
ALFREDO YBARRA
No nos deja tiempo para casi nada de todo eso que apuntamos en nuestra agenda para hacer cuando llega este periodo, donde el sueño con los calores va a trompicones, como la vida, y ésta se vuelve como un sueño donde la realidad, los espejismos y delirios juegan al corro. Recuerdo aquellos veranos de infancia donde la luz era una fragua de aventuras callejeras, de guerras de pandillas, de juegos alborozados por el barrio. o en la lonja de San Bartolomé. Jugábamos al fútbol en medio de la calle, donde el que pasara un coche era algo bastante difícil.
Sillas de enea y mecedoras a la puerta de la calle anochecida, y un perfume, y una imagen que se mantienen en mis querencias, hecha preciosa moña de jazmines ensartados, en la pechera o en el pelo de las mujeres. Cuántas tardes realicé aquellas moñas para mi madre o para ponerlas en nuestra mesita de noche. Era un modo natural de perfumar, cuando todavía no había llegado la moda, esta moda atosigante, de las cadenas de perfumería, que nos han inculcado un irrefrenable sentimiento de malolientes y a mansalva nos colocan toda clase de perfumes industriales.
Y hoy, me ha asaltado de nuevo ese perfume indefectiblemente unido a la Andújar de mi infancia, el de los jazmines; sí, como el de la dama de noche. Son olores soldados a los patios tradicionales iliturgitanos, a ese pueblo eterno que uno tiene calado en el corazón. Recuerdos que junto a los de los cántaros y botijos, los de los chumbos, los cines de verano, los chapuzones en el Jándula o en la piscina de Moraleda (donde hombres y mujeres estaban separados por una alta tapia), o en las ya setenteras y modernas de Del Val y el Camping; aquellos artesanales polos y cortes, tan benditos, de San Antonio y San José, las mesillas a las que la chiquillería acudía con el corazón acelerado a por la cucharilla de pipas a perrilla, o a por galletas de coco envueltas en papel de seda, o, a por polvo de algarroba, son parte sustancial de la andujanía. No sé, precisamente ahora, cuando parece que no hay espacio ni razones para soñar, quiero seguir pensando que como en aquellos veranos, la ciudad es un mapa amable, abierta de par en par, que siempre sale a nuestro encuentro.