Cántaros y botijos

Cántaros y botijos
  • Ahora que estamos en plena estación veraniega me han venido a la memoria aquellas piezas de barro tan frecuentes en mi infancia. En todas las casas, especialmente en tiempo de estío, había uno o dos botijos que con su arcilla porosa mantenían el agua fresca y catarlos era una auténtica delicia. Recuerdo aquellas alfarerías de mi pueblo y como los chiquillos íbamos a ver cómo se hacían los cacharros de barro, y de camino, que nos dieran los rotos y defectuosos para nuestros juegos, de los que más de uno, entre los que me encuentro, de vez en cuando salía descalabrado. Los niños éramos más brutos y siempre acabábamos jugando a pedradas a hacer puntería sobre algún botijo. Y si las niñas jugaban a corros donde ir pasándose el cacharro al compás de pegadizas y repetitivas canciones, había épocas donde no había sexos ni edades para estas ruedas. Los juegos de enamorados no se libraban del tránsito a compás del botijo cascado.

Como digo acercarse a las alfarerías y ver a los artesanos haciendo esa magia en el torno, que de una pella de barro sacaban aquellas filigranas de figura tan sumamente sutil y realzada en unas líneas depuradas a través de los siglos, era una verdadera gozada. Recuerdo vagamente ahora cómo le echaban sal a la arcilla para provocar en la volatilización salina de los intersticios del barro la adecuada porosidad de la arcilla que en su propia resudoración, refrescaba la pieza con cierta intensidad muy de agradecer en días de intenso calor.

Como decían las madres y abuelas, era un fresco saludable, que nada tenía que ver con el frío cortante y malsano del agua fía de la nevera. Había botijos de arcilla blanca y roja y sobre cada tipo había gustos diversos. Y también los había de verano y de invierno, que eran los vidriados, ya sin tanto poro, y que así no refrescaban el agua tanto. Los de invierno podían decorarse según gustos y tradiciones y con frecuencia eran piezas que se utilizaban por sí mismos como pieza ornamental. Y antes de usar el botijo por primera vez éste debía ser "curado" para que el agua no tuviera sabor a barro. Así, la pieza debía ser llenada con una mezcla de agua y anís, y se debe dejar reposar una semana. La cosa tenía su intríngulis y su química. Unos recomendaban una mezcla de 50% agua y 50% anís, otras 75/25, otras 80/20, y el común de la gente llenaba el botijo con agua y agregaba un chorro de anís. Incluso había quien tenía siempre, no sólo para inaugurarlo, su botijo apartadillo con su palomilla para aderezar muchos momentos del día con esa mezcla, peligrosa para demasiadas sobriedades.

Las piezas de alfarería desde siempre han constituido el menaje de cocina de todos los hogares ya que hasta la introducción del butano y la electricidad, los guisos se hacían en cazuelas, horteras, ollas de barro, directamente en el fuego de los hogares de leña o cocinas domésticas. Los avances técnicos desplazan estos utensilios por otros de vidrio, plástico, acero inoxidable, etc., del mismo modo que el abastecimiento de agua en la mayoría de los pueblos ha contribuido a que desaparecieran los botijos, los cántaros y las tinajas. Y más con la generalización de los frigoríficos. Había diferentes formas y tamaños de botijo, incluso se hacían unos de "pega" para poner mojado con agujeros estratégicamente situados, al ingenuo desprevenido. Era normal que los padres regalaran a los niños su botijo de tamaño bastante pequeño. Yo recuerdo los trajines con mi botijo en aquellos años infantiles; que si lo acarreaba aquí o allá, que si "no bebas que me lo gastas" que si "no chupes, bebe a caño que es el mío".

Recuerdo que para proteger de pequeños bichos, de ganchillo se hacían unos protectores para la boca más ancha del botijo y que incluso se llegaron a fabricar de plástico estos protectores. Eran blancos y enrejillados el más ancho, y, como una punta cónica la parte del pitorro, culminando esta pieza con una figura de cigüeña. Ambos elementos se unían a la alcarraza con un cordel de plástico rojo. Hay, que ver lo que uno puede llegar a recordar, y, está nítido en mi memoria ?supongo que con mucha pátina onírica-, y sin embargo no recuerdo mucho de lo que hice ayer mismo.

Y volviendo al botijo, tenía sus variantes, como las botijas, que eran de forma circular, con una sola boca, que se tapaba con un corcho, y una fisonomía adaptada al transporte, por un lado más convexa, y por el otro, cóncava. Tenían las botijas dos asas para ponerles una cuerda y así asirlas mejor para llevarlas al lugar de trabajo que era fundamentalmente su cometido. Para almacenar agua también se usaron los cántaros, de una belleza y equilibrio, que me abstrae soberanamente con sus perfilessu boca única y su dos asas. Su forma más extendida es el huevo invertido, muy esbelto, con altos hombros donde apoyan las asas. Los antropólogos dan explicaciones variadas a las distintas formas alfareras en su devenir histórico. Por ejemplo el cántaro tiene que ver mucho con la feminidad, su fertilidad, su deidad.

El cántaro roto es símbolo de la pérdida de la virginidad en diversas culturas, es rito nupcial entre el pueblo gitano. Las coplas y seguidillas populares recogen toda esta simbología poética: La rosa fue a por agua y le dijo el lirio:/deja el cántaro rosa y vente conmigo. /Pobre cantarito mío, /hoy lo lloro amargamente/porque ayer me lo rompieron/caminito de la fuente. Hoy la alfarería popular ha perdido mucha de su funcionalidad, pero sigue resistiendo y perviviendo como un legado simbólico, con muchos universos. Por eso, por esa introspección trascendente que tiene, hoy he querido recordar algo de su poesía.