Miradas convergentes
Me subyuga ese soplo que se siente cuando Andújar saca lo mejor de sí y respira y se ensancha, y se define en una magnitud por encima de la constreñida cotidianidad. Se siente entonces uno orgulloso de ser parte del orgánico latido iliturgitano. ¿No les ha pasado, que parece hay momentos en que la ciudad abre con unas tijeras la guata de sus rutinas farragosas y se nos presenta pletórica, dispuesta al abrazo? Es el caso de la otra tarde, con motivo de la exposición en el palacio de los Niños de Don Gome de fotografías de Francisco Justo Álvarez Galán, pinturas de Francisco José González Olivares, "Oli", y, donde he podido participar con unos textos, donde también he procurado ser voz de la ciudad profunda.
ALFREDO YBARRA
Toda la muestra tiene un eje común: Andújar. Miradas diferentes que convergen en un marco común fascinante que revela el misterio de una calle, de unan esquina, de un rincón, de un altozano. Una exposición muy cuidada en todos sus aspectos, en su completo contexto. Y eso lo palpa el espectador. Y ya digo, que cosas así, son las que necesita la ciudad: bocanadas de excelencia (y por supuesto no lo digo por mí, sino por esos lienzos y fotografías, por la puesta en escena, por los catálogos, todo tan cuidado, que invita a la calma mirada interior, a la reflexión plástica, a sentir ecos de la andujanía).
Hitos, piedras, calles, perspectivas, historia, vida, pueblo en la memoria silenciosa de sus giros; luces y pinceladas fraguadas en las obras, pero que parecen inacabadas y que aguardan la contemplación que complemente el ágora con otra luz y otra pincelada, la del espectador. Más que nunca los entresijos del arte se hacen armonía poliédrica y elástica. La muestra convierte a Andújar en el escenario de una caja de resonancia donde fluye el diálogo de los sentires. Si me permiten la boutade, Paco Alvarez y Oli reflejan la realidad, pero la ciudad pone en medio, entre el lienzo o el objetivo y ella, un cristal surrealista. Paco Álvarez y Oli no buscan la mirada espectacular, no. Pinta uno, retrata otro, la ciudad con la que se establece un vínculo emocional. Se pinta, se retrata, la ciudad vivida, y, a la vez pensada, a través de la criba anímica.
No se trata de reflejar una belleza explicable, sino emociones sinceras que se fraguan en el sentir del artista, que parte de esos acordes de verdad que vibran en su interior para arquitecturar una obra de arte plenamente llena de voz y brío. Necesitamos saltos como los de esta exposición de concepción decantada, donde las alharacas dejan paso a la metáfora mística.