Sólo una admiradora más
No sé bien lo que me pasaba pero me encontraba nerviosa. Un hormigueo recorría mi cuerpo y no me dejaba. Fue un fin de semana diferente, para vivirlo intensamente aunque la situación climatológica no fue que digamos de lo más propicia. Era un ambiente desconocido para mí. Desde amanecido el primer día, ya quise impregnarme de los olores de la sierra, de los sentires, de los ruidos y ecos, de la naturaleza y de todo lo que el cerro me ofrecía.
BELÉN CUETO
El cosquilleo no se apartaba de mí y eso que soy forastera.
Tanto bien he oído al respecto que esto tenía que ser diferente o por lo menos así me lo pintaban constantemente los del terruño.
¡Que me emociono como ellos! Que el ambiente hay que vivirlo y percibir el sentimiento de fe que impregna hasta el aire que se respira.
Claro, que otros parece que con su particular forma de celebración se apartan de unos estereotipos de seriedad o quizás rigor cristiano, pero para nada lo creo así, eso lo da el carácter de los andaluces y es una particular forma de manifestar de dónde vienen, a dónde van y cómo sienten.
¡Caramba con estos andaluces!
Nada más y nada menos que hay que estar en ese bendito lugar para palpar que no todo es igual, que esa basílica menor a la hora de sacar a la Santísima Virgen en procesión, es el centro de fe de miles de personas que con sentimientos cruzados le piden a Ella lo que Ella tan en silencio sabe conceder.
¡Con qué respeto el pueblo llano acoge a la Morenita a su paso cuando procesiona!
Me fijaba atenta a las caras de los padres, de las madres y de sus hijos; de los comentarios y enseñanzas que se podían escuchar transmitir de unos a otros y que sin duda con el paso de los años perdurará.
¡Caramba con estos andaluces!
Privilegiada fui de presenciar el regreso de la Virgen cuando el cielo se abría anunciando el final de la romería. Lágrimas de oro por amor de la rosa. Olía a despedida.
¡Qué suerte la mía por participar en la celebración de aquél día!
Cuando ya en su camarín le cambian el manto que la vestía, me fijaba en las expresiones de las caras de todos los que desde el altar, con pura fe, lloraban, cantaban y se estremecían.
¡Caramba con estos andaluces!
Un amigo me decía con la mirada lo que había, que no era ni más ni menos que la mirada más sublime que he visto en mi vida.
Sólo una admiradora más.
Orgullosa estoy de haber compartido con vosotros esta pasada romería.
¡Caramba con estos andaluces!