Nacer a lo sencillo

Con los años uno se da cuenta de las cosas que verdaderamente merecen la pena. Y más, si en el camino nos salpican sucesos graves, cercanos o ya propios, que nos laceran y hacen que nuestros adentros sangren. Cuando estamos en estado de shock por ese algo tan importante que rompe o remueve nuestras estructuras familiares, sociales, mentales, o físicas, es cuando decimos eso de que hay que ocuparse de lo verdaderamente importante, de lo fundamental en nuestras vidas, que lo demás no merece la pena, que tantas cosas que construimos a nuestro alrededor para afianzar la vida, luego no tiene sentido.

Nacer a lo sencillo

ALFREDO YBARRA

Es lo cercano, lo sencillo, lo íntimo y familiar lo que debemos defender con uñas y dientes. Y es que corremos detrás de muchas cosas y bienes, que nunca nos van a calmar, al contrario, nos llenan de intranquilidad, de prisas, de requerimientos; mientras nos preocupamos poco de ese caudal que llevamos dentro y que es en definitiva el verdadero alimento de nuestra existencia. A veces somos demasiado complicados, necesitamos ser complicados para ser, para sentir, para vivir. Y la vida es mucho más sencilla. Incluso nuestras complicaciones, que son en nuestra realidad sobre todo agobios y sinsabores, cortinas de humo, en ese efecto mariposa, en esa cadena de fichas de dominó que tenemos en el mundo global, resulta que en otras realidades son auténticas tragedias: tal es la complejidad de la madeja que hemos intrincado. Hay una frase de Gandhi que viene al pelo de estas palabras:"Necesitamos vivir simplemente para que otros puedan simplemente vivir".

Leo que Anthony Bourdain, un importante chef de Nueva York, dice que siempre que viaja en plan estrella de la cocina mediática, en cualquier lugar del mundo, suele encontrarse con personajes importantes a los que suele preguntar los platos que elegirían si les quedaran unas pocas horas de vida, lo que les gustaría paladear antes de morir. El deseo de casi todos los entrevistados suele ser una comida sencilla. Nadie elige nunca un menú pantagruélico en un restaurante espectacular. En cambio, los sabores de "mi madre" suelen salir a colación. Y es que unas buenas patatas al pelotón, o a lo pobre, o como dice mi amigo el gerente del restaurante Los Pinos de Andújar, Ramón Barrios: "a lo rico", sencillas, hechas con cariño y buen aceite de oliva virgen, pueden sabernos mejor que un hojaldre de ostra con langostinos escaldados y aromatizado al Pedro Ximénez con su crema de puerros. O un buen plato de choto con ajos fritos llenarnos una comida más que un crujiente de hortalizas salpicadas, con fué caramelizado y melaza de vino tinto.

Hay veces que nos encontramos con bares o merenderos, o incluso restaurantes, que con las modas desprestigiamos. Se podrían definir como la antítesis del actual buen gusto culinario: bancos corridos, manteles de papel, servicio a destajo. Sin embargo, siempre está lleno de clientes deseosos de devorar, soberbios boquerones en vinagre, sus tomates aliñados, esas ensaladas con las cebollas rojas que de tan suaves ni repiten; su bacalao tradicional o su buen chuletón. Y todo por un precio verdaderamente asequible, sin que haya sablazo final. Algunos apóstoles de la cocina sofisticada suelen calificar este tipo de establecimientos con el calificativo de "restaurantes de producto", como si su único valor fuera el de saber comprar buenos ingredientes a sus proveedores. Y supongo que habrá algún mérito en saber preparar el producto, no arruinarlo y sacar el máximo partido de él en elaboraciones simples, pero sabias y cuidadas. Quizá sea incluso más difícil que someterlo a cien tratamientos e inventivas de tipo culinario-químico para que acabe ?en algunas cocinas que se suben al carro de lo moderno sin ton, o sin son, o sin ton ni son, y no me refiero a grandes cocineros que saben lo que hacen- transformándose en otra cosa que nada más que por el esnobismo lo aplaudimos.

No quiero que se malinterprete este elogio de lo sencillo como una defensa de "lo tradicional" o un ataque a la alta cocina contemporánea. Nada de eso, soy de los que creen que tenemos que avanzar crear y no podemos vivir solamente enfundados en lo de la tradición y en las raíces para justificar la falta de iniciativas. Me aburre sobremanera esa falsa dicotomía.

En lo concerniente a la cocina, pero sirva esto de metáfora, cada plato tiene su momento y su lugar, y a la larga sólo hay dos tipos de cocina opuestos de verdad: la buena y la mala. La buena comida se puede encontrar tanto en un restaurante de vanguardia como en el bar de menú de la esquina, y lo mismo se puede decir a la hora de dar gato por liebre. Pero a nivel personal les diré, lo que al principio, que cada día busco más lo sencillo.

Disfruto más con la vida sencilla, con lo fresco y a la vez original. Sencillez, sí, pero que no debe de oponerse a la experimentación, a la novedad, sino a la innecesaria parafernalia y sobrevaloración y a la imbecilidad. Conozco a personas que no sé cuantos pares de zapatos tienen, o de bolsos. Empresas que se organizan con barrocos proyectos. Tengo amigos que se desviven por tener su casa a la última, y su vida, en todas las modas del momento. Gentes que guardan esto y aquello como si la vida fuera a durar varios milenios. Conozco a seres humanos que no saben mirar a los suyos de tanto mirar quimeras. A veces decimos que si volviéramos a nacer, plantearíamos la vida de un modo muy diferente. Pero es que cada día es un volver a nacer ¿A qué esperamos?

 

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