Sereno motor
Comparto con un buen amigo un hondo rato, de esos que comienzan por una comida con amables viandas y, después continúan, al aliento de una chimenea, de esas que se dice, de las de antes, con una larga sobremesa entretenida en torno a temas de interés mutuo. Música, literatura, cine se mezclaban con las lógicas alusiones a las malandanzas del sentido común que actualmente nos desconsuelan tanto y que se entrelazaban con la consabida mención a la baja índole de nuestra clase política, que en su cercanía con el ciudadano se llena de sofismas y se pierde a la hora de conformar una nueva convivencia con más equilibrios y calidades auténticas.
ALFREDO YBARRA
Son momentos que de tan repletos se vuelven un soplo que aspira como un rayo los instantes. Y hoy lo significo por su metáfora de isla paradisiaca en medio de facebook, twiter y todo ese entorno fiero y volcánico de las redes sociales, a lo que no me opongo, claro que no. Pero uno echa de menos con mucha frecuencia la pausada conversación viva, el compartir, no en el éter de la ambigüedad, sino en un lugar preciso, con formas, colores, alusiones, ..., en concreto; acompañada de gestos, aromas, miradas, olores, sensaciones y emociones vivas. Cada día es más difícil encontrarla y cada día la necesito más. Y además cuando uno se sumerge en momentos tan mágicos como una buena tertulia, siempre hay algo o alguien que parece decirnos, que eso es perder el tiempo, que es algo malo o contra natura en el orden del actuar hoy en día. Se decía que la tertulia, como la siesta era parte de la tradición española. Pero si la segunda de algún modo sobrevive en su individual cumplimiento, la primera ha quedado reducida a la radio y a la televisión, aunque en esta última muy adulterada, por lo general.
Conversar tranquilamente, es vivir una gran experiencia compartida. La tertulia es un espacio mítico, en el que surgen rituales y en el que los participantes, siguiendo el viejo arte de la mayéutica (que consiste esencialmente en emplear el diálogo para llegar al conocimiento), navegan entre los temas sin pretender llegar a una conclusión definitiva sobre ninguno. Lo que cuesta tanto ahora, donde todos esgrimimos la verdad sin cortapisa alguna. Para mí, la charla tranquila y serena viene a ser el ágora de nuestra era, la actualización de la fogata alrededor de la cual tribu cobra sentido. Hoy en día, parece más relevante tener la razón que escuchar al otro. El conocimiento, la información y su interpretación, pierden terreno frente a la opinión infundada. Ésa es la función de una sencilla conversación, escuchar, dar sentido a las cosas, comprender el mundo, abrir nuevos horizontes.
Recuerdo una máxima que dice: "Si quieres ser sabio, aprende a interrogar razonablemente, a escuchar con atención, a responder serenamente y a callar cuando no tengas nada que decir" Y al hilo de dialogar, también deberíamos saber escucharnos a nosotros mismos, que andamos un poco atropellados en este sentido. Además, el que no sabe escuchar, no sabe sentir. Estos momentos fértiles, como la sobremesa que les relato hacen fértil a la vida. Y ya es hora de palpar nuestro surco y encontrar algo que llevarse al universo interior, que en definitiva es lo que nos llevamos puesto, solamente, a la hora de la