El orden de la cultura
Me alegra mucho la concesión del Premio Nacional de Ilustración de 2011, por el conjunto de su obra, a Emilio Urberoaga, al que conozco desde hace años y con el que mantengo una buena relación. Hace ya algunos años estando en plena efervescencia sus ilustraciones de Manolito Gafotas, se prestó a participar en las Jornadas de literatura Infantil de Andújar, que entonces coordiné, y, no sólo cumplió, sino que nos orientó, participó vivamente en el proyecto y convivió con nosotros en unos días que fraguaron una relación que se mantiene viva.
ALFREDO YBARRA
Recuerdo un viaje a la sierra de Andújar con otro de los grandes de la ilustración, Arcadio Lobato; inolvidable por la fértil y amena convivencia y el regalo de su abundancia cultural. Especialmente recuerdo su saber de edición, de lectura, de arte. Emilio Urberoaga desborda humanismo, y eso acrecienta su gran valor artístico en un ámbito más público. Con motivo del premio, ha dicho: "Creo que este premio es un chispazo para que la gente se acuerde de que hay un mundo infantil que es prioritario, el futuro". "El niño que ahora lee estos libros, en 15 años es un adulto que irá a comprar o descargarse otros. Hay que crear el hábito para que después lean. Trato que mi trabajo sirva para hacer mejores humanos, o lo intento por lo menos". Es el único ilustrador español cuya obra está representada en el Chihiro Art Museum de Tokio. Mientras, en España es difícil encontrarnos con los ilustradores en los medios.
Personajes como Emilio Urberoaga sería fundamental tenerlos, aprovecharlos, más en el escaparate público, porque enganchan, entusiasman. Sin embargo hay muchos freaks sin la menor credibilidad, sin capacidades culturales importantes; ocupan espacios importantes en los medios y están formando una ciudadanía a su imagen y semejanza. Insisto una vez más, y si es la enésima pues vayamos a por la reenésima para ver si alguna vez estas patrias nuestras, las cercanas, las próximas y las hispanas en general, que tantas cosas buenas tienen pero que también atesoran bastante zafiedad, se sacuden la caspa y mucha costra tosca. Los países que mejor se están protegiendo de la crisis son los que llevan invertidos años y esfuerzos en hacer de la cultura y de la vida ilustrada algo cotidiano en la convivencia; algo necesario. Albert Camus nos dejó dicho que la zafiedad y la degradación en el tiempo de ocio son tan graves como la precariedad laboral y la falta de libertad.
En el panorama ilustrado, la cultura se identificó con el conocimiento y la educación. Ahora, identificamos ya cultura con espectáculo. Y el espectáculo no se concibe como propuesta de pensamiento o belleza, sino como un modo de diversión fácil. La verdadera cultura estamos arrinconándola como símil de aburrimiento y tedio, en vez de inyectarle dinamismo y presencia (necesidad) pública. A la par "priorizamos" con la crisis, y pensamos que la cultura es de segundo orden, o tercero. Cerramos fundaciones, festivales, orquestas,...; y bancarizamos las cajas con sus proyectos sociales. Se trata de recortes en la capacidad de pensar y aplaudimos el populismo dominante.