Un Guadalquivir crecido
OPINIÓN ·
Como dice Juan Eslava Galán: «El Guadalquivir quizá sea el río cultural más antiguo de Europa»ALFREDO YBARRA
ZAGUÁN
Lunes, 16 de febrero 2026, 20:02
En estos días, con un clima trasroscado de incontenibles lluvias, he vuelto la mirada hacia el Guadalquivir, ese secular símbolo de Andújar, dintel divinal del ... corazón de la ciudad. Río Grande, ya Tarteso, ya Betis, Guadalquivir, crisol del alma andaluza, eje civilizador de esta tierra, de su historia, de su economía, de su cultura. Como dice Juan Eslava Galán: «El Guadalquivir quizá sea el río cultural más antiguo de Europa». Se podría decir que Andújar es el río, que el río ha sido alma de Andújar.
Publicidad
El topónimo Andújar tiene un origen íbero que significa lugar abundante de agua, haciendo especialmente mención a su relación con el río. Y si durante siglos el Guadalquivir y su puente romano han sido piedra angular del devenir de la población, en las últimas épocas esta relación se desvaneció prácticamente, siendo sencillamente un desiderátum. Hasta el escudo de la ciudad hace alusión a esta simbiosis del río y la ciudad. Ahí está el puente, el río, el esturión, y junto a ellos las llaves de la ciudad.
Ahora el cauce del Guadalquivir ha crecido peligrosamente. Y como en otras ocasiones la vecindad se ha acercado «in situm» o «extra situm» (las redes han multiplicado las imágenes) a las inmediaciones del puente, como un reencuentro con esa historia turbadora, que se produce en los pasadizos resonantes del pueblo, donde se funden sus alientos y sus miedos, donde se plantean esas preguntas que enfatizan los límites de una comunidad.
Nací en el tramo final de la Corredera de San Bartolomé, donde la población se abre a ese gran espacio limpio de las Vistillas, ese lado oeste de la ciudad que tiene como horizonte próximo una amplia extensión de huertas y la ribera que enmarca el paso augusto del Guadalquivir. Un río que impregnó mi infancia y que junto al purpúreo y romano puente, ha marcado muchos acordes de mi carácter. Y hoy sigue siendo secreto blasón de mi mirada; milenario ayeo y arpegio de guitarra que se hace duende, que se hace fuerza mística y apasionada. Escribo estas líneas y vuelve a sonarme por dentro «Guadalquivir», con letra y música de Paco de Lucía y el cante de Enrique Montoya. Era muy pequeño, pero tengo el recuerdo de aquella inundación de 1963 con las aguas del Guadalquivir sulfuradas, llegando hasta el muro de las Vistillas y Colón. Recuerdo la enorme extensión anegada; recuerdo animales en los tejados de algunas de las casas de las huertas, y al albur de aquella riada otros que no tuvieron tanta suerte. También me acuerdo del desbordamiento de 2010 que fue bastante considerable. Ahora, el daño no ha sido muy abultado, las aguas cauce abajo aunque vigorosas, dejando algunos daños puntuales, no se han encrespado perniciosamente. Parece que algunas actuaciones realizadas últimamente han surtido efecto, caso de la mota y algunas canalizaciones y bombeos.
También de algún modo ha influido la intervención que se ha hecho en la ribera del río dentro del proyecto Parque Fluvial Orgánico. Una vez más, como lo ha hecho intermitentemente a lo largo de los siglos, el río se ha sacudido límites, ha dejado a un lado su brújula y se ha entremetido por los extrarradios iliturgitanos removiendo preguntas con sus brazos de plata y arcilla, con sus palabras pardas. Una expiación que se infunde en el sacro retablo telúrico de estos pagos. El Guadalquivir siempre estoico, por momentos toma la palabra «soberbio, raudo y espumoso» como lo adjetiva Góngora y denuncia a su modo la abulia a la que es sometido en tantos lugares de los que, sin embargo, es histórica ubre de su cosmos. Y acaso, hoy, mientras escribo y contemplo el agua descomedida, con mi pulso desbordado por esa memoria líquida puedo decir como el poeta cordobés Ricardo Molina: «Crecido viene el río como mi corazón».
Publicidad
Mi admirado Antonio Carvajal, poeta fundamental de la literatura española contemporánea, reconocido por su rigor técnico y su profunda lírica, escribe en su poema Lluvia en la Quintería: « (…)Ven a La Quintería,/ lugar pequeño que no consta al mundo/ pero es el mundo del sediento, el mundo/ de la implacable espera, el roto mundo/ de la esperanza y de la flor marchitas./ ¡Si la vieras en años de más lluvia!/ ¡Qué resplandor de flores, qué de frutos,/ qué vicioso algodón, cuánta hortaliza,/ qué rosas, qué jazmines, qué alegría,/ qué despliegue de aromas, qué esmeraldas/ en las palmeras, qué grosor de olivas,/ qué ruiseñor en la ribera, cuántos/ jilgueros en los cardos florecidos!»
Suscríbete durante los 3 primeros meses por 1 €
¿Ya eres suscriptor? Inicia sesión