La ciudad es palabra

«En ese espacio vivo que es Andújar, hablamos, de diferentes maneras, en convivencia de nuestros logros, de nuestros conflictos, de nuestros intereses y deseos»

Escultura de Manuel López en la rotonda de entrada a Andújar.
Escultura de Manuel López en la rotonda de entrada a Andújar. (ANDÚJAR IDEAL)

ALFREDO YBARRA

ZAGUÁN

La ciudad es ante todo palabra, es esencialmente un espacio de encuentro, diálogo, política (en su etimología política proviene del griego antiguo, que significa «asuntos ... de la ciudad»), y expresión colectiva. Más allá de edificios y asfalto, la ciudad se define por el ágora, el debate, la ciudadanía y la vida pública que ocurre en sus calles y plazas. Históricamente, el pueblo, la ciudad funciona esencialmente como un lugar para la elocuencia y la conversación, que dan sentido al qué somos y queremos como individuos y como comunidad en una población concreta, con una historia, con una topografía característica, con una cultura singular.

En ese espacio vivo que es Andújar, hablamos, de diferentes maneras, en convivencia de nuestros logros, de nuestros conflictos, de nuestros intereses y deseos. Y entre tantas cosas que es la ciudad es ante todo ciudadanía. Y lo es porque no existe comunidad construida sin comunidad imaginada, o sea ideada planeada desde el logos que es la razón, el discurso, el pensamiento, funcionando como el principio ordenador de su universo.

La ciudad es, según el lingüista y filósofo Ferdinand de Saussure, «la lengua», el signo. Sus habitantes, «el habla», palabras dichas por instantes mágicos y simbólicos. Para Víctor Hugo, la ciudad era un libro y `para Borges, un poema indecible. Heráclito define la ciudad como un espacio atravesado por la palabra.

Y escribo hoy sobre la significación de la palabra en el alma de la ciudad por diferentes motivos. Uno me lo ha proporcionado la nueva obra del escultor Manuel López Pérez, amigo desde hace décadas y al que admiro entre tantas cosas por su vigor y sentido creativo, por su humilde grandeza humana y por esa decisión de situar en su Andújar el obrador de sus universos. La nueva actuación del escultor andujareño, desde una mirada corta y simplista se podría comparar con esas letras monumentales o letras corpóreas que forman el nombre del lugar, que son una tendencia global para dar la bienvenida a visitantes y residentes en la entrada de muchos municipios. Sin embargo, la intervención de Manuel López con el topónimo de la localidad hace que la palabra sea una polifónica declaración artística sobre la historia y los valores de Andújar. La palabra se vuelve crisol de la andujanía.

En la pieza, que articula visualmente la palabra Andújar, cada una de sus letras está diseñada como un elemento alegórico que integra referencias al patrimonio, la historia, la cultura y las tradiciones locales, una declaración personal de lo que para el escultor es Andújar. Entre los elementos representados sobresale una poderosa referencia al Puente Romano sobre el Guadalquivir como eje vertebrador y secular referente de la ciudad, junto al agua (el topónimo Andújar, que se desarrolla históricamente en la obra significa «abundancia de agua»). Muy significativa en la obra es la cerámica como una seña de identidad con un legado enorme. También están presentes el lince ibérico como emblema del Parque Natural, referencias arquitectónicas como el edificio del Ayuntamiento o la Torre del Reloj, el escudo de la ciudad y muchos otros detalles. La composición culmina con una evocación simbólica a la Virgen de la Cabeza, sin representarla de forma explícita.

Otro de los motivos por los que subrayo la ciudad como palabra me lo han dado los dos últimos pregones a los patronos de la ciudad. El pregón de la Romería de la Virgen de la Cabeza pronunciado por Francisco Manuel Carriscondo Esquivel y el de David Calzado Carmona dedicado a San Eufrasio. Ambos han coincidido en celebrar la palabra, el contenido, y su carga simbólica, por encima del significante y los aderezos. Carriscondo, andujareño, doctor en Filología Hispánica y catedrático de Lengua Española en la Universidad de Málaga, trató de subrayar el sentido el verdadero motivo del pregón, que es ante todo la ceremonia de la palabra, porque como él dice el pregón es fundamentalmente un acto lingüístico, una invocación a la fiesta devota a través de la celebración de la palabra. Para ello prácticamente toda su alocución fue en verso, que «es la expresión máxima del uso verbal». Y a todo lo anterior ayudó un contexto escénico donde prácticamente el único foco de luz se centraba en un lienzo de la Morenita de su amigo el pintor Luis Aldehuela. Y en su chispeante rigor académico, donde no faltó la complicidad de parte del público: compañeros, amigos, profesores, familia, o las cercanas campanas del convento de las Trinitarias (en directo, gracias a micrófonos instalados en el exterior del teatro) respondiendo a las letanías que hacía pregonero. Francisco Manuel Carriscondo, desde su perspectiva académica, subrayó la grandeza de la toponimia, rama de la lingüística y de la geografía que se ocupa del estudio, normalización y gestión de las nomenclaturas geográficas, al igual que de la secular transmisión por tradición oral y escrita, tan extendida por tantos lugares, para poder designar al cerro del Cabezo. Su pregón que se titulaba «Sólo la palabra» era también un homenaje a Antonio Alcalá Venceslada, señero escritor y filólogo iliturgitano. El pregonero fraguó un gran himno a ese bronce del agua antigua de la fe de un pueblo. Y como no ha lugar a más espacio, dejamos las significativas palabras de David Calzado en honor a San Eufrasio (el «bien hablado») para el próximo momento. Sí, la palabra, el logos, para revelar el signo, el alma y la alhucema de Andújar.

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