Misterios y brujas de Andújar

ALFREDO YBARRA

El verano siempre ha sido tiempo para imaginar, para soñar y también para mí es desde que era un niño un escenario, donde fantasear y novelar en torno a personajes difuminados, de esos que situamos en el trasmundo de la magia, los duendes, la hechicería, los muertos regresados a la vida, brujas y fantasmas. No en balde en mi niñez y adolescencia fueron muchos los trasnoches veraniegos que escuchaba en la radio a Jiménez del Oso, con su voz rotunda y acerada especular sobre espectros y psicofonías que aparecían en tal hospicio abandonado o en el viejo caserón de aquel lugar. Y entre las lecturas veraniegas de aquel entonces no faltaron las leyendas becquerianas, o los relatos de terror de Edgar Allan Poe, o la historia del jinete descabezado de Washington Irving. Y creo que fue entonces cuando leí también algo de Lovecraft. Si a eso le añadimos que en bastantes ocasiones esas charlas del nocturno estío de vecinos a la puerta de casa, o las veladas en la lonja de la viña de mi tía (donde la tata Sole era impar lectora de ese libro apócrifo de relatos pavorosos y mágicos de la sierra) acababan dibujando, y a veces casi dramatizando, en el lienzo nocturno, historias aterradoras y míticas, la sugestión estaba servida. Yo, además en mi particular universo fabulador, achaco esa mano de misterio que me arrullaba a una cierta condición innata de Andújar donde se unen los prodigios, ya luminosos, ya tenebrosos, en el círculo del misterio insondable. No en balde a Andújar, como a otros tantos lugares de similares características, le acompaña una tradición legendaria relacionada con su sustancialidad brujeril y mágica. Dar un paseo por la ciudad iliturgitana intentando vislumbrar ciertos enigmas perdidos en el urbanismo callejero es desvelador. Igualmente caminar por el cementerio de Andújar y detenerse ante algunas lápidas puede abrir los ojos del arcano. Como botón de muestra de toda esta temática y por accesibilidad les recomiendo ese libro de Juan Eslava Galán, que aunque publicado hace años no es difícil encontrar: El enigma de la mesa de Salomón, que de un modo ameno y engarzado en la historia nos lleva por algunos misterios relacionados con la provincia de Jaén y Andújar, los templarios y sus sucesores los calatravos que en Andújar tuvieron un papel oculto importante. Y relatos de este tipo en cuando a la ciudad iliturgitana hay bastantes, con flecos de lo más interesante. Y respecto a ese san benito local de lugar donde se asienta alguna estirpe de brujas, hay dichos como: «de Andújar, hombres granujas y mujeres brujas» o «en Andújar no barras de noche, porque de noche barren las brujas». Antonio Alcalá Venceslada, recopilador de muchas tradiciones y especialmente reconocido por su Vocabulario Andaluz, recoge una copla atribuida a unas brujas: «Cuatro somos de Andújar, / dos de La Higuera/ y la capitanilla/de Villanueva». Hay otra variante: «Cuatro somos de Andújar, / tres de La Higuera/ y la que toca el pandero/ de Villanueva». La ciudad iliturgitana por su orografía y etnología, y por ser ese lugar de tránsito y posada, de cruce de caminos y culturas ha dado mucho de sí en eso del fantaseo que tanto se ha traído y llevado en tiempos pretéritos. La sierra ha sido una frontera que se ha cubierto de misterio y leyenda. Esta zona ha estado siempre unida al enigma. En ese marco, y como en todas partes, la mujer ha tenido un papel muy singular en la estructura familiar. Mientras el hombre tenía el rol de contender y buscar el sustento familiar, la mujer cuidaba de los niños y mayores, mantenía la casa y en el fondo era un paño de lágrimas en la pena y en la enfermedad. La matriarca poco a poco heredaba y acumulaba una amplia lista de recetas, no sólo gastronómicas. Y así, por ejemplo, la belladona, la verdolaga y el estramonio, plantas comunes en la serranía iliturgitana, eran usados para diferentes materias. Estos alucinógenos, según la dosis, claro que hacían «volar». Así, claro, entonces: «haberlas, haylas». Coplas y jácaras, y hasta alguna intervención inquisitorial dan cuenta de esta «fama». Precisamente hace unas noches me embebía leyendo los trasiegos de La Pícara Justina (1605), obra maestra del siglo de Oro y que nos habla en su capítulo tercero de una morisca de Andújar muy peculiar: Lucía «cripto-musulmana, una renegada, aun­que oculta su auténtica naturaleza:[…]he­chicera, experta bisabuela de Celestina.» Charlaremos en una próxima columna de ella y de otras «brujas» de Andújar que pululan en nuestra literatura y cultura popular, así como de otros espectros fruto de esta tierra.

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